lunes, 2 de marzo de 2015

Texto listo

Dicen que un duende verde lo acompañaba, que hasta en su entierro sirvió de guía, el ojo izquierdo indicando el camino. Esa fue la primera gema encontrada, esa por la cual casi lo roban, prefiriendo matar para proteja. La muerte ajena dejó de pesar en ese instante. Después vendrían miles, seis mil si se puede ser exactos, seis mil caídos en esa guerra. 

Nadie los lloraba en publico mientras él sólo contaba sus esmeraldas. El duende a veces le hablaba, le daba fuerza para seguir explorando bajo la tierra, le decía que no debían estar escondidas, que las gemas debían ver la luz y con esa luz él vería el cielo. Un cielo en vida donde más de cien hombres lo protegían. Un cielo en vida donde logró tener el 1 % del territorio nacional y más de dos millones de reses. 

Por el contrario el ojo derecho de su duende era más verde que el resto, le indicaba el camino, ese camino con suerte que le mostraba las gemas, también le indicaba a que lado hacerse para evitar las balas, las granadas y los fusiles. Le indicaba con quien negociar: políticos, paras, y hasta presidentes. Negoció hasta con la justicia que no tiene forma. Al parecer, nada tocó a este niño negociante, ese niño campesino llamado zar.

Al caer la tierra lloró, lloró por tantas muertes que cargaba en su espalda, lloró por esos cuerpos caídos de los que nadie habla, los que ni él, ni el duende veían, los que se quedaban pudriéndose en el camino. Al caer, sus reses quedaron desprotegidas, sin guardián, ni guía.  Pero bien resguardadas si quedaron las gemas mas valiosas de la tierra, Fura por su peso y Tera por su color ya no estaban en las profundidades de su tierra.


Y la guerra verde tendrá otro líder, y aquellas montañas seguirán siendo explotadas sin importar cuanto haya que pagar. Vendrán otros hombres avaros que encuentren gemas mientras caminan, y duerman tranquilos escondiendo sus muertos, mientras el pueblo llora y llorará la suerte del zar. 

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